lunes, 3 de octubre de 2011

LA IMPRONTA URBANA

   Como podemos ver a través del estudio de esta materia, los cambios urbanos no son producto de la idea de una sola persona, ni de un gobierno solamente.
   
    Parte muy importante de este proceso, es la sociedad, que a partir de su propia forma de vida va generando esos cambios. Se le deben adosar muchos factores de importancia que inciden en la conformación física de las mismas: en esta incidencia, los sectores que acotan su desarrollo pueden establecerse desde distintos esferas: culturales, políticas y económicas.
   
    La intención de este trabajo es entender las relaciones entre estos sectores, incorporando para ello un marco teórico que nos sirva para comprender como es el origen de los mismos, como así también las implicancias que de ellos derivan.

A una organización racional (o relativamente racional) de la ciudad, se le deben adosar muchos factores de importancia que inciden en la conformación física de las mismas.
  
     Pero previo a esto, se debe tener en cuenta la conformación histórica de las ciudades. No debemos olvidar, que la creación de los bulgos, se debió en gran medida, a la escapada que formaron artesanos y campesinos de los castillos feudales hacia zonas que, protegidas por altos muros, no requerían del pago de un tributo al señor feudal; y que estos pobladores subsistían gracias al trueque.

    Con la transformación de las ciudades y sus modos de producción dominantes, cambiaron también las condiciones del hombre. Si antes la vivienda era un polo de producción familiar, con la riqueza de ciertos artesanos que se transformaron en burgueses, se generó un sistema diferente de vida y modos de producción conocidos como modo de producción pre-capitalista. Estos nuevos ricos generaron especializaciones que gracias a los procesos de acumulación de sus riquezas, invirtieron en producir más trabajo para generar más riquezas. Así nació la división técnica del trabajo, ya que el capitalista (el nuevo rico llamémosle  “burgués”) ya no necesitaba trabajar para reproducir su capital.

    De esta forma, y gracias a la tecnología, fueron aumentando los procesos de producción dentro de las mismas ciudades, lo que trajo aparejado una marea de personas en busca de trabajo (que faltaba en el campo) transformándose de campesinos en asalariados.

    Pero este proceso también logró que las ciudades estuvieran densamente pobladas, lo que aunado a las fábricas existentes (de la nueva “era industrial”) el humo, el hacinamiento en las calles, etc., consiguió que las ciudades se transformaran en centros ingratos para la vida social. De esta forma es que los nuevos burgueses se trasladaron a zonas de la periferia mucho más tranquilas, creando de estas manera, zonas residenciales para esas clases más pudientes.

    Con la creación del automóvil, el ferrocarril, etc., las extensión de las ciudades se hizo cada vez mayor, conectándose éstas con los medios de locomoción modernos y sus nuevas vías de comunicación.

    También la tecnología trajo cierto bienestar a las clases asalariadas (el proletariado), como ser, medidas mínimas funcionales para una vida sana, infraestructura para áreas sociales, comerciales, administrativas, etc., con lo cual, los estados trataron de mediar para que la transformación del espacio urbano no fuera desmesurado y desprolijo.

    Estas políticas estatales prodigaron al asalariado y a los burgueses de planes de transformación que cualificaron ciertas condiciones de vida según los ingresos de sus habitantes, los centros de producción, etc.; factores que inciden en la organización cultural de estas sociedades, ya que de acuerdo a las zonas tratadas, eran proporcionales los equipamientos (función del Estado de acuerdo a sus intereses).

    Pero para una organización racional del espacio urbano (volviendo al punto de este estudio) y desde el punto de vista del capital en lo que respecta a la organización de las unidades de producción, se opuso una característica “anárquica” en la división territorial del trabajo.

    Esta “anarquía” deviene de la competencia entre los diversos agentes que ocupan o transforman el espacio urbano (firmas en busca de externalidades, inversores inmobiliarios en busca de rentabilidad, etc.) consiguiendo de esta manera efectos de diferenciación espacial, entre zonas bien equipadas (centro de actividades, barrios “residenciales” de clases sociales dominantes) y zonas cuya calidad urbana, en relación a las primeras, decrece en forma continua.

    Lojkine piensa que a las funciones que valorizan el suelo analizadas por Marx (instrumento de producción o mero soporte de medios de producción) debería agregarse la capacidad de aglomerar, es decir,  la capacidad de combinar socialmente, los medios de producción y reproducción de una formación social. Consecuentemente, el fraccionamiento del suelo (valor de uso que por su naturaleza es colectivo) deviene en un obstáculo al desarrollo de las fuerzas productivas.

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